Esta no es la primera vez que visito el centro del tabligh en Tánger. Después de la prédica, el shaij anuncia que van a tener un encuentro en Larache. Nunca salí con los tabligh en Marruecos, y nunca fui a Larache. Quiero ir.
— Salam alaykum, shaij. Escuché que va a haber un iÿtimá’ en Larache.
— Wa alaykum salam. Sí, es la semana que viene.
— Nos gustaría ir. ¿Podemos participar?
— Sí, bienvenidos.
— ¿Cómo llegamos?
— Fácil, te tomás un micro a Larache, ahí preguntás por el Markaz Tabligh. Todos lo conocen.
Los viajes con ÿamat tabligh suelen ser renovadores en muchos aspectos. Por un lado, pasás tiempo con musulmanes devotos, escuchás charlas religiosas motivadoras, hablás sobre Allah, el profeta Muhammad [que la paz y las bendiciones de Allah sean sobre él], la otra vida y ponés en práctica algunos aspectos de la sunnah [la tradición profética] que olvidamos. Por el otro, conocés lugares y gente nueva. Desde que llegué a Marruecos que tengo ganas de juntarme con los tabligh y salir a juruÿear por ahí.
Hay diferentes tipos de salidas de tabligh. Están los juruÿ [“salida” en árabe], que consisten en salir con un grupo de predicadores por un período de días prefijado — generalmente son tres días, cuarenta días o cuatro meses. Salís con la intención de predicar el islam a otros musulmanes, con el objetivo de reformarte. Después hay salidas más especiales, como la ÿaulah [paseo] el iÿtimá’ [encuentro].
La ÿaulah es una salida por tu barrio, o el barrio cercano a una mezquita, para visitar a las personas e invitarlas a ir a rezar o a escuchar una charla religiosa. El iÿtimá’ es un encuentro de musulmanes de diferentes lugares del mundo. Se reunen todos en una mezquita en particular y escuchan charlas de predicadores de los grosos del tabligh, que vienen a motivar a los hermanos a realizar buenas obras por la religión.
Con todas las instrucciones, consulto con mi amigo Othmán.
— ¿Vamos?
— Ni hablar, aji.
El iÿtimá’ dura tres días, pero nosotros vamos sólo el sábado. La idea es salir temprano a la mañana, pasar la tarde allá, y volver tranquilos a Tánger. In sha Allah.
Llega el día y estoy listo con mis dos hijos mayores. No tengo auto así que caminamos un kilómetro y esperamos a Othmán en una esquina. Como se atrasa un poco, nos entretenemos viendo a adolescentes y adolescentas salir de una escuela y hacer cosas de adolescentes y adolescentas: caminar abrazados, reirse, hacerse bulling, cuchichear. Vamos hasta la estación de ómnibus de Tánger, sacamos boleto de ida para Larache y nos quedamos esperando el micro.
Uno pensaría que en África todo debería ser precario. Nuestro complejo de superioridad argentino nos dice que venimos del primer mundo. Obvio, somos “europeos” que nacimos en el lugar equivocado. ¿Puede haber algo mejor que esto? Sí, África. En primer lugar, la estación de micros de Tánger es una flama: pisos de porcelanato, todo el lugar adornado con arabescos, atención de primera. En segundo, los micros no están nada mal tampoco. El que tomamos es un micro de media-larga distancia de un piso, con aire acondicionado y asientos reclinables. Plusmar, decime qué se siente.
Estamos sentados en el micro. Mis dos hijos de un lado del pasillo, Othmán y yo en el otro. Nos acomodamos, nos sacamos un par de fotos, nos corremos un poco para que unas señoras gordas puedan pasar por el pasillo sin rozarnos con sus nalgas. Tocamos todos los botoncitos del tablero de arriba a ver qué hacen: este es el de la luz, este no hace nada, con este apunto el aire acondicionado. Está todo en orden.
Sube un tipo y empieza a ofrecer cosas a la venta. Por un momento pienso que va a vender CDs de cumbia: Matioli, enganchados para los cumpleaños, El Dipy. No, vende libros de rezos y súplicas. Mis hijos se compran La Fortaleza del Musulmán [hisnul muslim] por 10 dirham. Una ganga.
A medida que avanza el micro y sube a la autopista me doy cuenta cuánto nos engañaron. El paisaje montañoso y verde se impone frente a nosotros y está claro que África no es lo que nos pintaron. Esta foto podría ser vendida como una postal de Suiza y nadie se enteraría. Por un lado pienso que es injusto que la gente piense que Marruecos es todo desierto. Por otro lado me alegro que no sepan de su verdadera belleza. No sea que vengan y lo arruinen.
En el camino veo vacas, corderos, un barrio fonavi plantado en el medio del campo, una señora caminando por la banquina en la autopista, otra agachada con un sombrero de paja tipo mexicano juntando cosas del pasto. Hay pibes jugando a la pelota en un descampado lleno de basura. Hay autos nuevos, camiones, otros micros. Y allá, a casi 90 kilómetros de Tánger, está Larache.
Larache es una ciudad importante de la región marroquí llamada Tánger-Tetuán-Alhucemas. Es también parte de la provincia homónima. Tiene alrededor de 110.000 habitantes.
Llegamos con el micro, bajamos en la estación y salimos a la zona de taxis. En Marruecos — y en el mundo — hay que tener cuidado con los taxistas. Si te ven con cara de extranjero, sonaste. Yo no tengo mucha cara de extranjero, pero mi acento me delata. Entre los taxistas resalta un hombre alto, delgado, vestido con túnica, piel blanca resplandeciente, barba larguísima. “¡Este es tabligh!” — Decimos con Othman. Y lo encaramos de una.
— Salam alaykum aji, ¿ki deir? ¿labas alaik? ¿hania? — “Hola, cómo te va” en marroquí.
— Wa alaykum salam.
El hombre con su sonrisa nos engaña. Parece más amable de lo que es. Pero no nos importa y le seguimos preguntando.
— Queremos ir al markaz del da’wah.
— ¿Lo qué?
— Markaz del da’wah. Tabligh.
— Ah, sí. Vení.
Nos lleva a unos taxistas con caras turbias que esperan víctimas — clientes. Les explica la situación. Uno nos dice “yo los llevo”.
— Aji, ¿cuánto nos sale el viaje? — Le preguntamos antes del viaje para que no nos cague.
— 50 dirham.
— ¿Eh? No, es una locura. No te pago eso.
— Pero queda lejos. Bla bla. Biri biri.
— 50 dirham es una locura. Te pago 30.
En ese ida y vuelta de regateo, el hombre de barba larga y reluciente agita su mano y dice frenéticamente. “CARRERA, CARRERA”. Así, en español: CARRERA. Othmán y yo nos miramos y preguntamos:
— ¿Carrera?
— Sí. Carrera, carrera.
— ¿Y qué significa carrera? — Le dice Othman.
El tipo habla dariÿa más cerrado de lo que podemos procesar. En el medio de todas esas palabras tira y repite “carrera”. Para mí, una carrera es competir contra otros autos, a ver quién llega primero. Para él no. Se me prende la lámpara y le pregunto:
— ¿Carrera significa que queda lejos?
— Sí. Carrera, carrera. Queda lejos.
Básicamente nos dice que 50 dirham está justificado, porque el markaz del tabligh queda lejos.
Tiene barba, túnica, es anciano: le creemos. Aparte somos cuatro, y los taxis no pueden llevar más de tres. Así que aceptamos a condición que nos lleve a todos en el mismo auto y no nos joda. Nos tomamos el taxi y llegamos al toque. Queda cerca. Nos cagaron.
El markaz de tabligh de Larache no es lo que esperaba. Es una escuela de ta’lim al atiq [educación religiosa] vieja, parece abandonada. No tiene ningún cartel que lo identifique. Pero toda la gente del barrio lo conoce. Entramos, subimos unas escaleras. Hay una mesa escolar con dos señores mayores de barbas flamantes color perla, vestiduras blanco ala, caras de piadosos.
— Salam alaykum. Vinimos al iÿtimá’.
— Wa alaykum salam. ¿De dónde son ustedes? ¿Traen invitación?
— ¿Invitación?
Los iÿtimá’ de los que participé anteriormente no pedían invitación. Íbamos todos en grupo desde algún lugar y entrábamos. Nos conocíamos todos. Acá es diferente. Nos piden invitación. No tenemos.
— Sí. Tienen que venir con un grupo o tener una invitación.
— Nosotros hablamos con el emir de Tánger. Él nos dijo que viniéramos.
— Ok. Esperen acá un momento.
Hablan entre ellos y entiendo algo de lo que dicen, el resto me lo imagino. De todo eso, saco que ir al iÿtimá’ requiere una previa inscripción y, hasta quizás, abonar algo de dinero. Pero no estoy seguro. Los hombres de blanco van a buscar al emir de Tánger. Viene y les dice que sí, que somos extranjeros, pero que hablamos con él y que él nos invitó.
— Bueno, por favor dennos sus DNIs y pasen.
Ahí me agarra la desconfianza y empiezo a preguntarme: ¿Para qué quieren mi DNI? ¿Se lo van a quedar?
— ¿El DNI para qué lo necesitan?
— El señor va a tomar sus datos.
El hombre reluciente tiene una planilla tipo listado de escuela primaria. Anota nuestros nombres, número de documento. Yo me quedo mirando lo que hace. El que está al lado levanta la ceja y me mira como diciendo que me vaya. Nos hacen pasar muy amablemente al sector de la mezquita donde un hermano da un bayán. El documento se lo quedan ellos.



